1929-1932: Capítulo 7. Cinco días (23-27 de febrero de 1917), de la Historia de la Revolución Rusa.
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 105-140.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 22 de julio de 1997.
El 23 de febrero era el Día Internacional de la Mujer.
Los elementos socialdemócratas se proponían festejarlo
en la forma tradicional: con asambleas, discursos, manifiestos,
etc. A nadie se le pasó por las mentes que el Día
de la Mujer pudiera convertirse en el primer día de la
revolución. Ninguna organización hizo un llamamiento
a la huelga para ese día. La organización bolchevique
más combativa de todas, el Comité de la barriada
obrera de Viborg, aconsejó que no se fuese a la huelga.
Las masas -como atestigua Kajurov, uno de los militantes obreros
de la barriada- estaban excitadísimas: cada movimiento
de huelga amenazaba convertirse en choque abierto. Y como el Comité
entendiese que no había llegado todavía el momento
de la acción, toda vez que el partido no era aún
suficientemente fuerte ni estaba asegurado tampoco en las proporciones
debidas el contacto de los obreros con los soldados, decidió
no aconsejar la huelga, sino prepararse para la acción
revolucionaria en un vago futuro. Tal era la posición del
Comité, al parecer unánimemente aceptada, en vísperas
del 23 de febrero. Al día siguiente, haciendo caso omiso
de sus instrucciones, se declararon en huelga las obreras de algunas
fábricas textiles y enviaron delegadas a los metalúrgicos
pidiéndoles que secundaran el movimiento. Los bolcheviques
-dice Kajurov- fueron a la huelga a regañadientes, secundados
por los obreros mencheviques y socialrevolucionarios. Ante una
huelga de masas no había más remedio que echar a
la gente a la calle y ponerse al frente del movimiento. Tal fue
la decisión de Kajurov, que el Comité de Viborg
hubo de aceptar. "La idea de la acción había
madurado ya en las mentes obreras desde hacía tiempo, aunque
en aquel momento nadie suponía el giro que había
de tomar." Retengamos esta declaración de uno de los
actores de los acontecimientos, muy importante para comprender
la mecánica de su desarrollo.
Dábase por sentado, desde luego, que, en caso de manifestaciones
obreras, los soldados serían sacados de los cuarteles contra
los trabajadores. ¿A dónde se hubiera ido a parar
con esto? Estábamos en tiempo de guerra y las autoridades
no se mostraban propicias a gastar bromas. Pero, por otra parte,
el "reservista" de los tiempos de guerra no era precisamente
el soldado sumiso del ejército regular. ¿Era más
o menos peligroso? Entre los elementos revolucionarios se discutía
muchísimo ese tema, pero más bien de un modo abstracto,
pues nadie, absolutamente nadie -como podemos afirmar
categóricamente, basándonos en todos los datos que
poseemos- pensaba en aquel entonces que el día 23 de febrero
señalaría el principio de la ofensiva declarada
contra el absolutismo. Tratábase -en la mente de los organizadores-
de simples manifestaciones con perspectivas vagas, pero en todo
caso sin gran trascendencia.
Es evidente, pues, que la Revolución de Febrero empezó
desde abajo, venciendo la resistencia de las propias organizaciones
revolucionarias; con la particularidad de que esta espontánea
iniciativa corrió a cargo de la parte más oprimida
y cohibida del proletariado: las obreras del ramo textil, entre
las cuales hay que suponer que habría no pocas mujeres
casadas con soldados. Las colas estacionadas a la puerta de las
panaderías, cada vez mayores, se encargaron de dar el último
empujón. El día 23 se declararon en huelga cerca
de 90.000 obreras y obreros. Su espíritu combativo se exteriorizaba
en manifestaciones, mítines y encuentros con la policía.
El movimiento se inició en la barriada fabril de Viborg,
desde donde se propagó a los barrios de Petersburgo. Según
los informes de la policía, en las demás partes
de la ciudad no hubo huelgas ni manifestaciones. Este día
fueron llamados ya en ayuda de la policía destacamentos
de tropa poco numerosos al parecer, pero sin que se produjesen
choques entre ellos y los huelguistas. Manifestaciones de mujeres
en que figuraban solamente obreras se dirigían en masa
a la Duma municipal pidiendo pan. Era como pedir peras al olmo.
Salieron a relucir en distintas partes de la ciudad banderas rojas,
cuyas leyendas testimoniaban que los trabajadores quería
pan, pero no querían, en cambio la autocracia ni la guerra.
El Día de la Mujer transcurrió con éxito,
con entusiasmo y sin víctimas. Pero ya había anochecido
y nadie barruntaba aún lo que este día fenecido
llevaba en su entraña.
Al día siguiente, el movimiento huelguístico, lejos
de decaer, cobra mayor incremento: el 24 de febrero huelgan cerca
de la mitad de los obreros industriales de Petrogrado. Los trabajadores
se presentan por la mañana en las fábricas, pero
se niegan a entrar al trabajo, organizan mítines y a la
salida se dirigen en manifestación al centro de la ciudad.
Nuevas barriadas y nuevos grupos de la población se adhieren
al movimiento. El grito de "¡Pan!" desaparece o
es arrollado por los de "¡Abajo la autocracia!"
y "¡Abajo la guerra!" La perspectiva Nevski contempla
un continuo desfilar de manifestaciones: son masas compactas de
obreros cantando himnos revolucionarios; luego, una muchedumbre
urbana abigarrada, entre la que se destacan las gorras azules
de los estudiantes. "El público nos acogía
con simpatía, y desde algunos lazaretos los soldados no
saludaban agitando lo que tenían a mano." ¿Eran
muchos los que se daban cuenta de lo que significaban aquellas
pruebas de simpatía de los soldados enfermos por los manifestantes
obreros? Cierto es que los cosacos no cesaban de cargar constantemente,
aunque sin gran dureza, contra la multitud; sus caballos estaban
jadeantes. Los manifestantes se dispersaban y tornaban a reunirse.
La multitud no sentía miedo. "Los cosacos prometen
no disparar." La frase corría de boca en boca. Por
lo visto, los obreros habían parlamentado con algunos cosacos.
Poco después aparecieron, medio borrachos, los dragones
y se lanzaron sobre la multitud golpeando las cabezas con las
lanzas. Pero los manifestantes no se disolvieron. "No dispararán."
En efecto, no dispararon.
Un senador liberal cuenta que vio en la calle tranvías
parados -¿no sería acaso al día siguiente,
confudiéndolo en la memoria?-, algunos con los cristales
rotos, otros volcados sobre los raíles, y recordó
las jornadas de julio de 1914, en vísperas de la guerra.
"Parecía como si se repitiese la vieja tentativa."
La vista no le engañaba. La continuidad era evidente: la
historia cogía los cabos del hilo revolucionario roto por
la guerra y los volvía a empalmar.
Durante todo el día la muchedumbre se volcaba de unos barriosen otros. Veíase dispersada por la policía, contenida
y rechazada por las fuerzas de Caballería y algunos destacamentos
de Infantería. Con el grito de "¡Abajo la policía!"
alternaban cada vez con más frecuencia los hurras a los
cosacos. Era un detalle significativo. La multitud exteriorizaba
un odio furioso contra la policía. La policía montada
era acogida con silbidos, piedras, pedazos de hierro. Muy distinta
era la actitud de los obreros respecto de los soldados. En los
alrededores de los cuarteles, cerca de los centinelas y las patrullas,
veíanse grupos de obreros y obreras que charlaban amistosamente
con ellos. Era una nueva etapa que tomaban las huelgas en su desarrollo
y un fruto del hecho de poner frente a frente al ejército
y a las masas obreras. Esta etapa, inevitable en toda revolución,
parece siempre nueva, y la verdad es que cada vez se plantea de
un modo distinto. Los que han leído y escrito sobre ella
no la reconocen.
En la Duma nacional se contaba el día 24 que una masa enorme
de gente había invadido toda la plaza Snamenskaia, toda
la perspectiva Nevski y las calles adyacentes, observándose
un fenómeno nunca visto: una multitud revolucionaria y
no patriótica que acompañaba con vítores
a los cosacos y regimientos que avanzaban a los sones de músicas.
Preguntando qué significaba aquello, un transeúnte
contestó al diputado que le interrogaba: "Un policía
ha dado un latigazo a una mujer; los cosacos se han puesto al
lado de esta última y han ahuyentando a la policía."
Nadie se había tomado el trabajo de comprobar la verdad
de aquello. A la multitud le bastaba con creerlo, con creer en
su verosimilitud, y esta confianza no se había caído
del cielo, sino que era el fruto de la experiencia, por eso tenía
que convertirse necesariamente en garantía de triunfo.
Después de la reunión mañanera, los obreros
de la fábrica de Erickson, una de las más avanzadas
de la barriada de Viborg, se dirigieron en masa, con un contingente
de unos 2.500 hombres, a la avenida de Sampsonievski, y en una
calle estrecha tropezaron con los cosacos. Los primeros que hendieron
en la multitud, abriéndose paso con el pecho de los caballos,
fueron los oficiales. Tras ellos venían los cosacos galopando
a toda la anchura de la avenida. ¡Momento decisivo! Pero
los jinetes se deslizaron cautamente como una larga cinta por
la brecha abierta por los oficiales. "Algunos -recuerda Kajurov-
se sonreían, y uno de ellos guiñó el ojo
maliciosamente a los obreros." Aquella guiñada del
cosaco tenía su porqué. Los obreros recibieron valientemente,
aunque sin hostilidad, a los cosacos, y les contagiaron un poco
de su valentía. Pese a las nuevas tentativas de los oficiales,
los cosacos, sin infringir abiertamente la disciplina, no disolvieron
por la fuerza a la multitud y, renunciando a dispersar a los obreros,
apostaron a los jinetes a lo ancho de la calle para impedir que
los manifestantes pasaran al centro. Pero tampoco esto sirvió
de nada. Los cosacos montaban la guardia en sus puestos con todas
las de la ley, pero no impedían que los obreros se deslizaran
por entre los caballos. la revolución no escoge arbitrariamente
sus caminos. Daba sus primeros pasos hacia la victoria bajo los
vientres de los caballos de los cosacos. ¡Interesante episodio!
¡Y notable ojo el del narrador, a quien todas las incidencias
de ese proceso se le quedaron grabadas en la memoria! Y, sin embargo,
no tiene nada de sorprendente. El narrador era un caudillo al
que seguían más de dos mil hombres: el ojo del comandante,
atento a las balas o al látigo del enemigo, es siempre
avizor.
El cambio esperado en el ejército puede observarse, sobre
todo, en los cosacos, instrumento inveterado de represión.
No quiere ello decir que los cosacos fueran más revolucionarios
que los demás. Todo lo contrario: en estos terratenientes
acomodados, celosos de sus privilegios de cosacos, que despreciaban
a los sencillos campesinos y recelaban de los obreros, anidaban
muchos elementos de conservadurismo. Precisamente por esto los
cambios provocados por la guerra cobraban en ellos más
relieve. Además, el zarismo echaba mano de ellos para todo,
los mandaba a todas partes, los colocaba frente al pueblo, ponía
sus nervios a prueba. Estaban ya hartos de todo esto; no pensaban
ya más que en volver a sus casas, y guiñaban el
ojo a los huelguistas como diciendo: "¡Andad, haced
lo que queráis; allá vosotros; nosotros no nos meteremos
en nada!" Sin embargo, todo esto no pasaba de ser síntomas;
significativos, pero síntomas nada más. El ejército
seguía siendo ejército, una masa de hombres atados
por la disciplina y cuyos hilos principales estaban en manos de
la monarquía. Las masas obreras no tenían armas.
Sus dirigentes no pensaban siquiera en el desenlace decisivo.
En el orden del día del Consejo de Ministros celebrado
el 24 figuraba entre otros puntos la cuestión de los desórdenes
en la capital. ¿Huelgas? ¿Manifestaciones? ¡Bah!
No era la primera vez. Todo estaba previsto. Se habían
cursado instrucciones oportunas ¡A otra cosa!
¿En qué consistían concretamente las instrucciones
circuladas? A pesar de que en el transcurso de los días
23 y 24 fueron agredidos veintidós policías, el
jefe de las tropas de la región, general Jabalov, casi
dictador, no creyó necesario recurrir al empleo de las
armas de fuego, y no por bondad precisamente. Todo estaba previsto
y señalado de antemano, y fijado el momento preciso para
abrir fuego.
La revolución no sobrevino por torpeza más que en
cuanto al momento. En términos generales puede decirse
que ambos polos, el revolucionario y el gubernamental, venían
preparándose concienzudamente para ella desde hacía
muchos años. Por lo que a los bolcheviques se refiere,
toda su actuación después de 1905 se redujo en
puridad a preparar la segunda revolución. También
la actuación del gobierno era en gran parte una serie de
preparativos encaminados a aplastar la nueva revolución
que se avecinaba. Este aspecto de la actividad gubernamental cobró
en el otoño de 1916 un carácter bastante sistemático.
Una comisión presidida por Jabalov terminó, a mediados
de enero de 1917, un plan concienzudamente estudiado de represión
de un nuevo alzamiento. La ciudad fue dividida en seis zonas,
cada una de las cuales se dividía a su vez en varios distritos.
Al frente de todas las fuerzas armadas se ponía al comandante
de las fuerzas de la reserva de la Guardia, general Tebenikin.
Los regimientos eran distribuidos por distritos. En cada una de
las seis zonas la policía, la gendarmería y las
tropas se colocaban bajo el mando de jefes y oficiales del Estado
Mayor. La Caballería cosaca quedaba a las órdenes
directas del propio Tebenikin para las operaciones de más
monta. El desarrollo de la represión en orden al tiempo
había de ajustarse a las siguientes normas: primero entraría
en acción solamente la policía; luego saldrían
a escena los cosacos con sus látigos, y sólo en
caso de efectiva necesidad se echaría mano de las tropas,
armadas con fusiles y ametralladoras. Y este plan, en el que se
ponían a contribución, desarrollándolas,
las experiencias de 1905, fue en efecto el que de hecho se ejecutó
en las jornadas de febrero. La falla no estaba precisamente en
la imprevisión ni en los defectos del plan trazado, sino
en el material humano que había de ponerlo en acción.
Aquí radicaba el gran peligro de que fallara el golpe.
Formalmente, el plan se apoyaba en toda la guarnición,
que contaba con 150.000 soldados; pero en realidad sólo
podía contar con unos 10.000. Aparte de la fuerza de policía,
cuyo contingente era de 3.500 hombres, el gobierno confiaba firmemente
en los alumnos de las escuelas militares. Esto se explica por
el carácter de la guarnición petersburguesa de aquel
entonces, compuesta casi exclusivamente por tropas de reserva,
principalmente por los catorce batallones de reserva de los regimientos
de la Guardia que se hallaban en el frente. Formaban parte, además,
de la guarnición un regimiento de Infantería, un
batallón de motociclistas y una división de la reserva
y de automóviles blindados, fuerzas poco considerables
de zapadores y de artilleros y dos batallones de cosacos del Don.
Esto era mucho, demasiado acaso. Las tropas de reserva estaban
integradas por una masa humana a la que no se había podido
modelar apenas por la propaganda patriótica o que se había
emancipado de ella. En realidad, era éste el estado en
que se encontraba casi todo el ejército.
Jabalov se atuvo estrictamente a su plan. El primer día,
el 23, sólo entró en acción la policía.
el 24 salió a la calle principalmente la Caballería,
pero sin emplear más que el látigo y la lanza. La
Infantería y las armas de fuego se reservaron hasta ver
el giro que tomaban las cosas. Éstas no se hicieron esperar.
El 25 la huelga cobró aún más incremento.
Según los datos del gobierno, este día tomaron parte
en ella 240.000 obreros. Los elementos más atrasados forman
detrás de la vanguardia; ya secundan la huelga un número
considerable de pequeñas empresas; se paran los tranvías,
cierran los establecimientos comerciales. En el transcurso de
este día se adhieren a la huelga los estudiantes universitarios.
A mediodía afluyen a la catedral de Kazán y a las
calles adyacentes millares de personas. Intentan organizarse mítines
en las calles, se producen choques armados con la policía.
Desde el monumento a Alejandro III dirigen la palabra al público
los oradores. La policía montada abre el fuego. Un orador
es herido. como consecuencia de los disparos que parten de la
multitud, resulta muerto un comisario de la policía y heridos
el jefe superior y algunos agentes. De la muchedumbre se arrojan
a los gendarmes botellas, petardos y granadas de mano. La guerra
había enseñado el arte de construirlas. Los soldados
adoptan una actitud pasiva y a veces hostil a la policía;
por entre la multitud corre con emoción la noticia de que
cuando los policías empezaban a disparar cerca de la estatua
de Alejandro III, los cosacos dispararon contra los "faraones
montados" -así llamaba el pueblo a los guardias-,
viéndose éstos obligados a retirarse. Por lo visto,
no se trataba de una leyenda echada a rodar para infundir ánimos,
porque la noticia se confirma, aunque en versiones diversas, por
diferentes conductos.
El obrero bolchevique Kajurov, uno de los auténticos caudillos
de estas jornadas, cuenta que en uno de los puntos de la ciudad,
cuando los manifestantes, corridos a latigazos por la policía
montada, se dispersaban pasando por junto a un destacamento de
cosacos, Kajurov, seguido de algunos obreros que no habían
imitado a los fugitivos, se acercaron a los cosacos y, quitándose
las gorras, les dijeron: "Hermanos cosacos: Ayudad a los
obreros en la lucha por sus demandas pacíficas: ya veis
cómo nos tratan los "faraones" a nosotros, los
obreros hambrientos. ¡Ayudadnos!" Aquel tono conscientemente
humilde, aquellas gorras en las manos, ¡qué cálculo
sicológico más sutil, qué inimitable gesto!
Toda la historia de las luchas en las calles y de las victorias
revolucionarias está llena de semejantes improvisaciones.
Pero estos episodios desaparecen sin dejar huella en el torbellino
de los grandes acontecimientos, y a los historiadores no les quedan
más que las cáscaras de los lugares comunes. "Los
cosacos -prosigue Kujarov- se miraron unos a otros de un modo
extraño, y apenas habíamos tenido tiempo de retirarnos
cuando se lanzaron a la pelea." Minutos después, la
multitud jubilosa alzaba en hombros, cerca de la estación,
al cosaco que delante de sus ojos había derribado de un
sablazo a un agente de policía. La policía no tardó
en desaparecer completamente del mapa; es decir, se ocultó
y empezó a maniobrar por debajo de cuerda. Vienen los soldados
a ocupar su puesto; fusil al brazo. Los obreros les interrogan,
inquietos: "¿Es posible, compañeros, que vengáis
en ayuda de los gendarmes?" Como contestación, un
grosero" ¡Sigue tu camino!" Una nueva tentativa
de aproximación termina del mismo modo. Los soldados están
sombríos; un gusano les roe por dentro y se irritan cuando
la pregunta da en el clavo de sus propias inquietudes.
Entretanto, el desarme de los "faraones" se convierte
en la divisa general. los gendarmes son el enemigo cruel, irreconciliable,
odiado. No hay ni que pensar en ganarlos para la causa. No hay
más remedio que azotarlos o matarlos. El ejército
ya es otra cosa. La multitud rehuye con todas sus fuerzas los
choques hostiles con ellos, busca el modo de ganarlo, de persuadirlo,
de fundirlo con el pueblo. A pesar de los rumores favorables,
acaso un poco exagerados, relativos a la conducta de los cosacos,
la multitud sigue guardando una actitud circunspecta ante la Caballería.
El soldado de Caballería se eleva por encima de la multitud,
y su espíritu se halla separado del huelguista por las
cuatro patas de la bestia. Una figura a la que hay que mirar de
abajo arriba se representa siempre más amenazadora y terrible.
La infantería está allí mismo, al lado, en
el arroyo, más cercana y accesible. La masa se esfuerza
en aproximarse a ella, en mirarle a los ojos, en envolverla con
su aliento inflamado. La mujer obrera representa un gran papel
en el acercamiento entre los obreros y los soldados. Más
audazmente que el hombre, penetra en las filas de los soldados,
coge con sus manos los fusiles, implora, casi ordena: "Desviad
las bayonetas y venid con nosotros." Los soldados se conmueven,
se avergüenzan, se miran inquietos, vacilan; uno de ellos
se decide: las bayonetas desaparecen, las filas se abren, estremece
el aire un hurra entusiasta y agradecido; los soldados se ven
rodeados de gente que discute, increpa e incita: la revolución
ha dado otro paso hacia adelante.
Desde el Cuartel general, Nicolás II da a Jabalov la orden
telegráfica de que acabe con los disturbios "mañana
sin falta". La orden del zar coincide con la fase siguiente
del "plan" del general; el telegrama imperial no sirvió
más que de impulso complementario. Maña tendrán
la palabra las tropas. ¿No será ya tarde? Por ahora,
no se podía decir. La cuestión estaba planteada,
pero no resuelta, ni mucho menos. La benignidad de los cosacos,
las vacilaciones que se percibían en algunas de las tropas
de Infantería no eran más que episodios más
o menos significativos, repetidos por mil ecos en la calle. Episodios
que bastaban para enardecer a la multitud revolucionaria, pero
que eran insuficientes para decidir el triunfo, tanto más
cuanto que los había también de carácter
hostil. Por la tarde de aquel mismo día, en el Gostini
Dvor, un pelotón de dragones, como respuesta, según
la versión oficial, a unos disparos de revólver
que salieron de la multitud, abrió por primera vez el fuego
contra los manifestantes; según el informe enviado por
Jabalov al Cuartel general, resultaron tres muertos y diez heridos.
¡Seria advertencia! Al mismo tiempo, Jabalov amenazaba con
mandar al frente a todos los obreros reclamados como reclutas
si el 28 no reanudaban el trabajo. El general presentaba a las
masas obreras un ultimátum de tres días; es decir,
daba a la revolución un plazo mayor del que ésta
necesitaba para derribar a Jabalov, y a la monarquía con
él. Pero estas cosas sólo se saben después
del triunfo. El 25 por la tarde nadie sabía aún
lo que traería dentro el día siguiente.
Intentemos representarnos con más claridad la lógica
interna del movimiento. El 23 de febrero se inicia, bajo la bandera
del "Día de la Mujer", la insurrección
de las masas obreras de Petrogrado, latente desde hacía
mucho tiempo y desde hacía mucho tiempo también
contenida. El primer peldaño de la insurrección
es la huelga. A lo largo de tres días, ésta va ganando
terreno y se convierte de hecho en general. No hacía falta
más para infundir confianza a las masas e impulsarlas a
seguir. La huelga, que va tomando cada vez más decididamente
carácter ofensivo, se combina con manifestaciones callejeras,
que ponen en contacto a la masa revolucionaria con las tropas.
Esto impulsa al objetivo del movimiento, en su conjunto, hacia
un plano más elevado, donde el pleito se dirime por la
fuerza de las armas. Los primeros días se señalan
por una serie de éxitos parciales, aunque de carácter
más sintomático que efectivo.
Un alzamiento revolucionario que dure varios días sólo
se puede imponer y triunfar con tal de elevarse progresivamente
de peldaño en peldaño, registrando todos los días
nuevos éxitos. Una tregua en el desarrollo de los éxitos
es peligrosa. Si el movimiento se detiene y patina, puede ser
el fracaso. Pero tampoco los éxitos de por sí bastan;
es menester que la masa se entere de ellos a su debido tiempo
y aprecie antes de que sea tarde su importancia para no dejar
pasar de largo el triunfo en momentos en que le bastaría
alargar la mano para cogerle. En la historia se han dado casos
de éstos.
Durante los tres primeros días, la lucha fue exacerbándose
constantemente. Pero esto hizo precisamente que las cosas alcanzasen
un nivel en que los éxitos sintomáticos ya no bastaban.
Toda la masa activa se había echado a la calle. Con la
policía liquidó eficazmente y sin grandes dificultades.
En los últimos dos días hubieron de intervenir ya
las tropas: en el segundo fue sólo la Caballería;
al tercero, la Infantería también. Las tropas dispersaban
a la gente o la contenían, manifestando a veces una condescendencia
evidente y sin recurrir casi nunca a las armas de fuego. En las
alturas no se apresuraban a modificar el plan represivo, en parte
porque no daban a los acontecimientos toda la importancia que
tenían -el error de visión de la reacción
completaba simétricamente el de los caudillos revolucionarios-,
y en parte porque no estaban seguros de las tropas. Al tercer
día, constreñido por la fuerza de las cosas y por
la de la orden telegráfica del zar, el gobierno no tiene
más remedio, quiéralo o no, que echar mano de las
tropas ya de una manera decidida. Los obreros lo comprendieron
así, sobre todo los elementos más avanzados, tanto
más cuanto que la víspera los dragones habían
disparado sobre las masas. Ahora la cuestión se planteaba
en toda su magnitud ante ambas partes.
En la noche del 26 de febrero fueron detenidas, en distintas partes
de la ciudad, cerca de cien personas pertenecientes a las organizaciones
revolucionarias, entre ellas cinco miembros del Comité
bolchevique de Petrogrado. Esto daba a entender que el gobierno
pasaba a la ofensiva. ¿Qué sucederá hoy? ¿Con
qué temple se despertarán los obreros después
de las descargas de ayer? Y, sobre todo, ¿cuál será
la actitud de las tropas? El 26 de febrero amanece entre nieblas
de incertidumbre y de inquietud.
Detenido el comité local, la dirección de todo el
trabajo en la capital pasa a manos de la barriada de Viborg. Tal
vez sea mejor así. La alta dirección del partido
se retrasa desesperadamente. Hasta el día 25 por la mañana,
la oficina del Comité central de los bolcheviques no se
decidió a lanzar una hoja llamando a la huelga general
en todo el país. En el momento de salir a la calle este
manifiesto, si es que efectivamente salió, la huelga general
de Petrogrado se apoyaba ya totalmente en el alzamiento armado.
Los dirigentes observan desde lo alto, vacilan y se quedan atrás,
es decir, no dirigen, sino que van a rastras del movimiento.
Cuanto más nos acercamos a las fábricas, mayor es
la decisión. Sin embargo, hoy, día 26, también
en los barrios obreros reina la inquietud. Hambrientos, cansados,
ateridos de frío, con una inmensa responsabilidad histórica
sobre sus hombros, los militantes del barrio de Viborg se reúnen
en las afueras para cambiar impresiones acerca de la jornada y
señalar de común acuerdo la ruta que se ha de seguir.
Pero, ¿qué hacer? ¿Organizar una nueva manifestación?
¿Qué resultado puede dar una manifestación
sin armas, si el gobierno ha decidido jugarse el todo por el todo?
Esta pregunta tortura las conciencias. "Todo parecía
indicar como la única conclusión posible que la
insurrección se estaba liquidando." Es la conocida
voz de Kajurov la que nos habla, y a lo primero nos resistimos
a creer que esta voz sea la suya. Tan bajo descendía el
barómetro momentos antes de la tormenta.
En las horas en que la vacilación se adueñaba hasta
de los revolucionarios que estaban más cerca de las masas,
el movimiento había ido ya bastante más lejos en
rigor de lo que se imaginaban los propios combatientes. Ya la
víspera, al atardecer del 25 de febrero, el barrio de Viborg
se hallaba por entero en manos de los rebeldes. Los comisarios
de policía fueron saqueados, destruidos y algunos de los
jefes de policía, muertos, aunque la mayoría había
desaparecido. El general-gobernador había perdido el contacto
con una parte enorme de la capital. El 26 por la mañana
se puso de manifiesto que, además de la barriada de Viborg,
se hallaban en poder de los revolucionarios el barrio de Peski,
hasta muy cerca de la avenida de Liteini. Por lo menos, así
pintaban la situación los informes de la policía.
Y en cierto sentido era verdad, si bien es dudoso que los revolucionarios
se dieran perfecta cuenta de ello. Indudablemente, en muchos casos
los gendarmes abandonaban sus guaridas antes de verse amenazados
por los obreros. Aparte de esto, el hecho de que los gendarmes
evacuaran los barrios fabriles, no podía tener una importancia
decisiva a los ojos de los obreros, y se comprende, pues las tropas
no habían dicho aún su última palabra. La
insurrección "se está liquidando", pensaban
los más decididos, cuando, en realidad, no hacía
más que desarrollarse.
El 26 de febrero era domingo y las fábricas no trabajaban,
lo cual impedía medir desde por la mañana la intensidad
de presión de las masas por la intensidad de la huelga.
Además, los obreros veíanse privados de la posibilidad
de reunirse en las fábricas, como lo habían hecho
en los días anteriores, y esto dificultaba la organización
de manifestaciones. En la Nevski reinaba por la mañana
la tranquilidad. "En la ciudad todo está tranquilo",
telegrafiaba la zarina al zar. Pero la tranquilidad no había
de durar mucho. Los obreros van concentrándose poco a poco
y se dirigen al centro desde todos los suburbios. No les dejan
pasar por los puentes, pero atraviesan sobre el hielo; no hay
que olvidar que estamos todavía en febrero, época
en que el Neva está completamente helado. Los disparos
hechos sobre la multitud que atraviesa el río no bastan
para contenerla. La ciudad se ha transformado. Por todas partes
circulan patrullas, piquetes de Caballería, por dondequiera
se ven barreras de soldados. Las tropas vigilan sobre todos los
caminos que conducen a la avenida Nevski. Suenan disparos que
no se sabe de dónde salen. Aumenta el número de
muertos y heridos. Corren en distintas direcciones los coches
de las ambulancias sanitarias. No siempre se puede precisar quién
dispara ni de dónde parten los tiros. Es indudable que
los gendarmes, a quienes se ha dado una severa lección,
han decidido no ofrecer más blanco y disparan desde las
ventanas, a través de los postigos de los balcones, ocultándose
detrás de las columnas, desde las azoteas. Se lanzan conjeturas
que se convierten fácilmente en leyendas. Se corre que,
para intimidar a los manifestantes, muchos soldados se han puesto
capotes de gendarmes. Se dice que Protopopov ha mandado colocar
numerosos puestos de ametralladoras en las azoteas de las casas.
La comisión nombrada después de la revolución
no pudo probar la existencia de estos puestos. Pero esto no quiere
decir que no los hubiera. El hecho es que en esta jornada los
gendarmes quedan relegados a segundo término. Ahora intervienen
decisivamente las tropas, a quienes se da la orden de disparar,
y los soldados, sobre todo los regimientos de las escuelas de
suboficiales, disparan. Según los datos oficiales, en esta
jornada los muertos llegaron a 40, contándose otros tantos
heridos, sin incluir los que fueron retirados por la multitud.
La lucha entra en su fase decisiva. ¿Se replegarán
las masas ametralladas sobre sus suburbios? No; no se replegarán,
pues quieren conseguir lo que les pertenece.
El Petersburgo burgués, burocrático, liberal, está
asustado. El presidente de la Duma imperial, Rodzianko, exige
que se envíen del frente tropas de confianza; luego "lo
pensó mejor" y recomendó al ministro de la
Guerra, Beliaiev, que dispersara a la multitud no con descargas,
sino con mangas de riego, poniendo en acción al Cuerpo
de bomberos. Beliaiev, después de consultar la cosa con
el general Jabatov, contestó que el agua produciría
resultados contraproducentes, "pues el agua lo que hace es
excitar". Véase cómo los elementos dirigentes
liberalburocráticos policiacos se entretenían en
debates acerca de la ducha fría y caliente para el pueblo
insurreccionado. Los informes policiacos de este día demuestran
que el agua no bastaba: "Durante los disturbios se observaba
como fenómeno general la actitud extremadamente provocativa
de los revoltosos frente a la fuerza pública, contra la
cual la multitud arrojaba piedras y pedazos de hielo. Cuando las
tropas hacían disparos al aire, la multitud no sólo
no se dispersaba, sino que acogía las descargas con risas.
Fue necesario disparar de veras para disolver los grupos, pero
los revoltosos, en su mayoría, se escondían en los
patios de las casas vecinas, y cuando cesaban las descargas salían
otra vez a la calle." Este informe policiaco atestigua la
temperatura extraordinariamente alta de las masas en aquellos
días. Es poco verosímil, sin embargo, que la multitud
empezase por propia iniciativa a bombardear a las tropas con piedras
y pedazos de hielo; esto contradice demasiado la sicología
de los rebeldes y su táctica de prudencia con respecto
a las tropas. El informe, atento a justificar las matanzas en
masa, no describe las cosas tal y como sucedieron en la realidad.
Pero el hecho fundamental está expresado con bastante exactitud
y perfecta claridad: la masa no quiere ya retroceder, resiste
con furor optimista, no abandona el campo ni aun después
de las descargas y se agarra no a la vida, sino a las piedras,
al hielo. La multitud exasperada demuestra una intrepidez loca.
Esto se explica por el hecho de que, a pesar de las descargas,
no pierde la confianza en las tropas. Tiene fe en el triunfo y
quiere obtenerlo a toda costa.
La presión de los obreros sobre las tropas se intensifica
conforme aumenta la presión sobre ella por las autoridades.
La guarnición de Petrogrado se ve decididamente arrastrada
por los acontecimientos. La fase de expectativa, que se mantuvo
casi tres días y durante la cual el principal contingente
de la guarnición puedo conservar una actitud de amistosa
neutralidad ante los revolucionarios, tocaba a su fin: "¡Dispara
sobre el enemigo!", ordena la monarquía. "¡No
dispares contra tus hermanos y hermanas!", gritan los obreros
y las obreras. Y no sólo esto, sino: "¡Únete
a nosotros!" En las calles y en las plazas, en los puentes
y en las puertas de los cuarteles, se desarrollaba una pugna ininterrumpida,
a veces dramática y a veces imperceptible, pero siempre
desesperada, en torno al alma del soldado. En esta pugna, en estos
agudos contactos entre los obreros y obreras y los soldados, bajo
el crepitar ininterrumpido de los fusiles y de las ametralladoras,
se decidía el destino del poder, de la guerra y del país.
El ametrallamiento de los manifestantes acentúa la sensación
de inseguridad en las filas de los dirigentes. Las proporciones
que toma el movimiento empiezan a parecer peligrosas. En la reunión
celebrada por el Comité de Viborg el día 26 por
la tarde, es decir, doce horas antes de decidirse el triunfo,
llegó a hablarse de sí no era venido el momento
de aconsejar que se pusiese fin a la huelga. Esto podrá
parecer sorprendente, pero no tiene nada de particular, pues en
estos casos es mucho más fácil reconocer la victoria
al día siguiente que la víspera. Además,
el estado de ánimo sufre constantes alteraciones bajo la
presión de los acontecimientos y de las noticias. Al decaimiento
sucede rápidamente una exaltación de espíritu.
De la valentía de un Kajurov o de un Chugurin no puede
dudarse, pero en algunos momentos se sienten cohibidos por el
sentimiento de responsabilidad para con las masas. Entre los obreros
de filas hay menos vacilaciones. El agente de la Ocrana, Churkanov,
que estaba bien informado, y que desempeñó un gran
papel en la organización bolchevique, se expresa en los
términos siguientes, en los informes que cursa a sus jefes,
hablando del estado de ánimo de los obreros: "Comoquiera
que las tropas no oponían obstáculo alguno a la
multitud y en algunos casos se han convencido de su impunidad,
y ahora, cuando, después de haber circulado sin obstáculos
por las calles, los elementos revolucionarios han lanzado los
gritos de "¡Abajo la guerra!" y "¡Abajo
la autocracia!", el pueblo tiene la certeza de que ha empezado
la revolución, de que el triunfo de las masas está
asegurado, de que la autoridad es impotente para aplastar el movimiento,
puesto que las tropas están a su lado; de que el triunfo
decisivo está próximo, ya que aquéllas se
pondrán abiertamente, de un momento a otro, al lado de
las fuerzas revolucionarias: de que el movimiento iniciado no
irá a menos, sino que, lejos de eso, crecerá ininterrumpidamente,
hasta lograr el triunfo completo e imponer el cambio de régimen."
Este resumen es notable por su concisión y elocuencia.
El informe representa de por sí un documento histórico
de gran valor, lo cual no obsta, naturalmente, para que los obreros
triunfantes fusilen a su autor en cuanto lo cogen.
Los confidentes, cuyo número era enorme, sobre todo en
Petrogrado, eran los que más temían el triunfo de
la revolución. Estos elementos mantienen su política
propia: en las reuniones bolcheviques, Churkanov sostiene la necesidad
de emprender las acciones más radicales; en sus informes
a la Ocrana, aconseja el empleo decidido de las armas. Es posible
que Churkanov, persiguiendo este objetivo, tendiera incluso a
exagerar la confianza de los obreros en el triunfo. Pero en lo
esencial sus informes reflejaban la verdad, y pronto los acontecimientos
vinieron a confirmar su apreciación.
Los dirigentes de ambos campos vacilaban y conjeturaban, pues
nadie podía medir a priori la proporción de fuerzas.
Los signos exteriores perdieron definitivamente su valor de criterios
de medida: no hay que olvidar que uno de los rasgos principales
de toda crisis revolucionaria consiste precisamente en la aguda
contradicción entre la nueva conciencia y los viejos moldes
de las relaciones sociales. La nueva correlación de fuerzas
anidaba misteriosamente en la conciencia de los obreros y soldados.
Pero precisamente el tránsito del gobierno a la ofensiva
de las masas revolucionarias hizo que la nueva correlación
de fuerzas pasara de su estado potencial a un estado real. El
obrero miraba ávida e imperiosamente a los ojos del soldado,
y éste rehuía, intranquilo e inseguro, su mirada:
esto significaba que el soldado no respondía ya de sí.
El obrero se acercaba a él valerosamente. El soldado, sombría,
pero no hostilmente, más bien sintiéndose culpable,
guardaba silencio, y, a veces, contestaba con una serenidad forzada
para ocultar los latidos inquietos de su corazón. Está
operándose en él una gran transformación.
El soldado se libraba a todas luces del espíritu cuartelero
sin que él mismo se diera cuenta de ello. Los jefes decían
que el soldado estaba embriagado por la revolución; al
soldado le parecía, por el contrario, que iba volviendo
en sí de los efectos del opio del cuartel. Y así
se iba preparando el día decisivo, el 27 de febrero.
Sin embargo, ya la víspera tuvo lugar un hecho que, a pesar
de su carácter episódico, proyecta vivísima
luz sobre los acontecimientos del 26 de febrero: al atardecer
se sublevó la cuarta compañía del regimiento
imperial de Pavlovski. En el informe dado por el inspector de
policía se indica de un modo categórico la causa
de la sublevación: "La indignación producida
por el hecho de que un destacamento de alumnos del mismo regimiento,
apostado en la Nevski, disparara contra la multitud." ¿Quién
informó de esto a la cuarta compañía? Por
una verdadera casualidad, se han conservado datos acerca de esto.
Cerca de las dos de la tarde acudió a los cuarteles del
citado regimiento un grupo de obreros, que dieron cuenta atropelladamente
a los soldados de las descargas de la Nevski. "Decid a los
compañeros que los soldados del Pavlovski disparan también
contra nosotros. Los hemos visto en la Nevski con vuestro uniforme."
Era un reproche cruel y un llamamiento inflamado. "Todos
estaban desconcertados y pálidos." La semilla cayó
en tierra fértil. Hacia las seis de la tarde, la cuarta
compañía abandonó, por iniciativa propia,
el cuartel bajo el mando de un suboficial -¿quién
era? Su nombre ha desaparecido, sin dejar huella, entre tantos
otros cientos y miles de nombre heroicos- y se dirigió
a la Nevski para retirar a los soldados que habían disparado.
No estamos ante una sublevación de soldados provocada por
el rancho, sino ante un acto de alta iniciativa revolucionaria.
Durante el trayecto. la compañía tuvo una escaramuza
con un escuadrón de gendarmes, contra el cual disparó,
matando a un agente e hiriendo a otro. Desde aquí, ya no
es posible seguir el rastro de la intervención de los soldados
insurrectos en el torbellino de las calles. La compañía
regresó al cuartel y puso en pie a todo el regimiento.
Pero las armas habían sido escondidas; sin embargo, según
algunos informes, los soldados lograron apoderarse de treinta
fusiles. No tardaron en verse cercados por tropas del regimiento
de Preobrajenski; diecinueve soldados fueron detenidos y encerrados
en la fortaleza, los restantes se rindieron. Según otros
informes, esa noche faltaron del cuartel veintiún soldados
con fusiles. ¡Peligrosa escapada! Esos veintiún soldados
buscarán durante toda la noche aliados y defensores. Sólo
el triunfo de la revolución puede salvarlos. Seguramente
que los obreros se enterarían por ellos de lo sucedido.
Buen presagio para los combates del día siguiente. Nabokov,
uno de los jefes liberales más destacados, cuyas verídicas
Memorias parecen algunos pasajes el diario de su partido
y de su clase, regresó a su casa a la una de la noche,
a pie, por las calles oscuras e intranquilas, "alarmado y
lleno de sombríos presentimientos". Es posible que,
en una de las encrucijadas, tropezara con un soldado fugitivo,
y que, tanto el uno como el otro, se apresuraran a irse cada cual
por su lado, puesto que nada tenían que decirse. En los
barrios obreros y en los cuarteles, unos vigilaban o discutían
la situación, otros dormían con el sueño
ligero del vivac y presentían, en un delirio febril, el
día de mañana, y allí entre los obreros,
el soldado fugitivo halló refugio.